
Buenas, hoy no es un gran día. Me duele el estómago por culpa de un alimento que hace días debía haber consumido y por ciertas lecturas que últimamente he sufrido. El País llevaba en su suplemento dominical "Negocios" un publirreportaje a mayor gloria de Bolonia, de la especulación de la educación universitaria y del negocio ¿educativo? llamado "Universidad y Posgrado". Entendedme bien, había artículos interesantes, otros pasables y una gran mayoría de topicazos a más gloria de la relación empresa-universidad. Vamos, lo de siempre.
No me parecería mal este tipo de suplementos si yo fuera estudiante de empresariales, de económicas o incluso de derecho entre otras mandangas, pero ¡oh sumo creador!, no lo soy. El moi es estudiante e investigador en humanidades, historiador militante para más señas y, aunque no me sorprende, me indigna la típica y tópica visión de la investigación en este país. Resumiendo: las humanidades no aparecen en ninguna parte en 32 páginas salvo dos mínimas referencias de la p. 2 en el artículo titulado, muy elocuentemente, "Dos mundos difíciles de encajar" de Ignacio Zafra, que, como os podréis imaginar, no son ni Venus ni Marte. Siguiendo con el hilo, la primera mención de las carreras de humanidades señala que el 9'9% de los estudiantes totales del año 2004 estudiaban carreras de letras, pero que para éstos únicamente se ofertaban un 4'9% del total de empleos disponibles. Vamos, que somos masocas. Eso está asumido. La segunda es una reflexión de José García Montalvo, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Pompeu Fabra que pone como ejemplo las carreras de Humanidades de la imagen imprecisa de la sociedad con respecto a la situación del mercado laboral: "Ya a finales de los años noventa, cuando participó en estudios sobre inserción laboral, estaba claro que los licenciados en esta área de conocimiento tenían serios problemas para acceder a puestos de trabajo acordes con su nivel de estudios y con buenos salarios. 'Y sin embargo, la caída en la matrícula de Humanidades, que aún sigue siendo relativamente alta, fue muy posterior' -indica el sr. Montalvo".
Más masoquismo, solo nos falta el látigo y las pinzas en los pezones a los estudiantes de humanidades (es opcional la vestimenta de cuero para el cuerpo entero) para darnos cuenta de que no encajamos y que lo que hacemos no vale para nada. En fin, riesgo asumido (para la sociedad).
Buena parte de los que estudiamos humanidades, que no todos (¡hola mesólogos!), somos vocacionales. Hacemos lo que nos gusta y si no, como parece sugerir el sr. García Montalvo y muchos otros, estaríamos en la fábrica o vendiendo trapos en un Zara cualquiera. Está claro que nos hemos encontrado lo que nos hemos buscado. Aún me acuerdo de una prima de la
mia mamma cuando se río a carcajada límpia de mis intenciones de matricularme en Historia: "pero, ¿eso para qué sirve?"
dixit. Eso fue hace diez años y seguimos con la misma historia. No voy a ponerme a relatar ahora las bondades de las humanidades para la sociedad en la que vivimos porque no me da la gana, pero tampoco me apetece ver como la gente nos tacha no de locos sino de idiotas irreales que no se adecúan a lo que el sacrosanto mercado no pide, sino exige.
Y esas son todas las menciones a humanidades en el mencionado suplemento. Le dedica unas más que interesantes páginas a la investigación española... investigación de ciencias, claro está. Los investigadores de humanidades somos diletantes que vivimos del cuento y los de historia de contar batallitas que sucedieron hace X años porque todo el mundo sabe que lo nuestro es un hobby, no una profesión. Y definitivamente así ocurrirá. Cuando se implante definitivamente Bolonia y haya que estudiar por huevos un master del universo, con el dinero que representa pues no saldrá barato, los que se atrevan serán únicamente los ricos señoritos subvencionados por la familia de turno. Un retroceso de treinta o cuarenta años.
Insisto, me parece bien la aparición sistemática en la prensa española de la investigación en ciencias pues tienen un papel muy relevante en nuestra sociedad, producen (aunque a veces se tarde décadas -y esto no es ninguna crítica) de forma práctica ideas y soluciones de las que nos beneficiaremos todos pero también ahí estamos los investigadores de humanidades. No voy a discutir sobre si el investigador en historia, arqueología o numismática utiliza o no el método científico clásico, que daría para páginas y páginas, ni siquiera si se nos puede catalogar como científicos canónicos pero sí investigamos, sí extraemos conclusiones, sí intentamos avanzar el conocimiento humano en tal o cual rama del saber. Cumplimos nuestra labor, aunque no sea reconocida y aunque padezcamos, de verdad de la buena, auténticas estrecheces en la investigación.
Es un hecho innegable que los investigadores en humanidades gozamos de una mínima presencia en el reparto estatal, autonómico o universitario del número de becas totales y también es un hecho innegable que ocurre lo mismo (elevado al cubo) con las fundaciones y organismos privados. Tampoco reclamamos en humanidades un equilibrio con respecto al número total de becas, aunque una proporción 30-70 (30 para humanidades, claro... no hay que ser ambiciosos) no sería un mal comienzo para el impulso de la investigación humanística. No propongo el detraimiento del número de becas en ciencia, sino el aumento global (cuantitativo y cualitativo) del total de becas. En vez de las 1000 FPU estatales, podrían concederse 2000, por ejemplo. Bueno, ya que pido, no estaría mal que fueran contratos desde un inicio. Esta situación no es anómala y si alguien se entretiene en ver el porcentaje de los rechazos a los becarios de humanidades del ministerio que pretendían realizar una estancia académica este mismo año fuera de su centro de investigación en comparación con el total de rechazados ya verá como le da un tembleque. Por otra parte, los investigadores de humanidades no contamos (apenas) con centros externos de investigación, salvo un cierto lugar del que hoy no hablaremos porque no toca divagar sobre antropología ni sobre comportamientos tribales, ni con apoyos privados ni, ¡válgame Áquel!, con mecenazgos de ningún tipo ni ningún Sackler que arrime el hombro.
Visto lo visto, me produce cierta risión que un periódico tan estimable como
Público tenga una sección de ciencias -muy loable en sí-, pero que al mismo tiempo encajone las humanidades en la sección de culturas donde se sitúan a la par el último e imaginario disco de Ramoncín con la más reciente y vomitiva novela del Ruiz Zafón. Hacemos ciencia, pero ciencia humanística y no estaría mal que se empezara a valorar en su justa medida en un períodico que tiende a gala apoyar la investigación. Claro que sería esperar mucho y más si se lee su columna semanal de historia, de un rigor eeeeesto... curioso.
Bueno, éste es el final de esta prédica en el desierto y como venía anunciando, y como se ve en la foto de este humilde historiador, me voy a dedicar a la bebida. Por supuesto, lo que hay en el interior de la botella no es ni cava, ni vino ni cerveza sino
eau du robinet del bueno, cosecha 2008 del Canal de Isabel II.
¡Esto es todo amigos!