sábado, 21 de noviembre de 2009

caca de la vaca

El otro día me encontraba paseando por una conocida librería de Madrid reposando mis ojos por esa apacible pradera multicolor de los stands de novedades de la sección de historia. La cercanía de las navidades se nota y los editores y libreros se afanan con suficiencia codiciosa para presentar aquéllos libros que consideran ideales para regalar: mamotretos enormes que quedan la mar de bien en la estantería y de muy diferentes colores para que los amigables clientes puedan comparar con sus cortinas y ver si pegan. Libros grandes y gordos, complacientes aportaciones a la curtura pero que, de acuerdo con el espíritu de estas fiestas, se quedarán inmaculados y virginales en sus hogares hasta el fin de los tiempos, como el culito del salvador que nació el mismo día que el Dios Sol.

Lo de siempre.

Por supuesto, hay buenos y malos libros de historia. Por ejemplo, el recientemente editado de Donald Kagan sobre la Guerra del Peloponeso es bueno, muy bueno y digno representante de la historiografía anglosajona. Libro entretenido, extremadamente bien contado y documentado, propio de alguien que se dedicó en su momento a investigar en serio como buen historiador. Lo curioso es que de los genes de Donald Kagan surgiera Robert, ese adalid del neoconservadurismo e ideólogo de la gran lumbrera de occidente, de George Walker Bush. ¿Cómo es posible? Probablemente el (buen) mamotreto escrito por su padre se le cayera en la cabeza en algún momento de su vida.

También los hay malos, por supuesto. Hay librillos de divulgación insignificantes y que podrían haber sido escritos por un nuevo programa de software juntaletras (o más bien juntapárrafos, porque el plagio u homenaje reiterado está a la orden del día). Por supuesto, también hay malos libros de divulgación histórica, y no son raros que hayan sido escritos por historiadores profesionales españoles. En el mundo académico hispano (y francés e italiano) no abundan los buenos escritores; a veces, ni siquiera los buenos redactores.

Luego, por debajo de esta categoría más o menos honesta, se sitúa el lumpen, la basura, los frutos del arboricidio. En definitiva, la caca de la vaca.

Ayer me encontré con un abyecto ejemplo titulado "La historia del mundo sin los trozos aburridos. Un paseo por la historia del mundo a través de los momentos más paradójicos de la humanidad", de Fernando Garcés Blázquez. El título tiene miga y a priori se podría considerar una miserable contribución a la historieta (que no historia) más, de las que tanto encontramos en las librerías españolas. No engaña: indica, de una forma bastante lamentable, curiosidades, anécdotas y demás batiburrillo histórico que en la facultad aprendemos a ignorar, a relativizar y a interrelacionar con los procesos históricos en los que están insertos.

¿Qué es lo aburrido para este seudoescritor, en cuyo currículo figura la adaptación de la fantabulosa "Historia del mundo para Dummies" que (sin haberla visto, pero lo temo), conociendo el percal hispánico, muy posiblemente haya sido, en cuanto a contenido, más rebajada aún que en el original? La sociedad, la economía, los procesos largos (y cortos), la Historia en mayúsculas.

Ya digo, es lo normal en este tipo de libros de historieta. Pero, ¿qué es lo que de verdad me ha enojado? Su ramplona desvergüenza al citar en la contraportada unas palabras de ¡Marc Bloch!, el gran historiador francés creador junto a Lucien Febvre de la revista de historia más influyente del s. XX: Annales. Una publicación cuyo fin fundamental era acabar con la añeja histoire evenementielle, es decir, la historia fáctica pura y dura, y analizar las sociedades en su conjunto desde todos los planos y no únicamente a partir de las costumbres amatorias del rey de turno, por poner un ejemplo.

Es decir, justo lo contrario de lo que propugna el escribidor del susodicho. Una desvergüenza, una contradictio in terminis tan flagrante que ofende a la vista, que provoca sarpullidos en las neuronas de quien subscribe esto.

Por supuesto, teniendo en cuenta que a menudo los autores no son los responsables de las contraportadas, quizás debamos considerar que el responsable de estos añadidos sea un hábil cachondo que puenteara el librito o simplemente un listillo de tres al cuarto, un afín al “autor”.

Otro día hablaremos sobre la "democratización" del saber y demás zarandajas que habilitan a gentecilla a publicar, a decir, a bloguear lo que les de la gana amparándose en la libertad... Otro día