
El olor era nauseabundo, peor que antes. El pavo que dio la alerta seguía gritando. Decía que lo había visto todo, que había sido un tío encapuchado que estaba rondando la zona con una botella en las manos. Según este tío, el hombre rompió primero la luna antes de verter el contenido de la botella y luego le prendió fuego. Lo siento por el dueño del coche, que no apareció, más que nada porque era un coche bien nuevo, con matrícula FGD si no recuerdo mal. Poco después de extinguir el incendio
Como era de esperar, los alrededores se llenaron de curiosos como el moi. Francamente, a esas horas hay pocas cosas mejores en la tele. Es curioso como al hombre le dejan absorto acontecimientos de este tipo. Desastres, accidentes, escándalos. Cualquier cosa novedosa e inesperada que rompe con la rutina. Es parte de la naturaleza humana, lo imprevisto hace que nos sintamos más humanos.

De todos modos la situación era surrealista pero esperanzadora. El ruido era infernal pues, aunque no sé porque, el claxon del coche estaba pitando sin parar. No había quien lo aguantara y dos valientes intentaron pararlo. Primero intentaron hacerlo desde el asiento del conductor y luego, abriendo el capó del coche.

Los munipas llegaron y esperaron hasta que llegaron los bomberos. Hacían preguntas como quien no quiere la cosa, pero francamente parecían más espectadores que actores. Los bomberos fueron quienes finalmente desconectaron el maldito pito de los huevos e inundaron el coche para evitar cualquier otro problema.


El espectáculo acabó. Un rato después salí a pagar el alquiler (sigh) y a la vuelta, ya se habían llevado lo que quedaba de la macchina. Solo la mancha blanquecina de la espuma del extintor quedaba.
Y ahí se acabó. La gente, yo incluido, seguimos nuestra vida y le contaremos a nuestros amigos y conocidos la cantinela de lo que ha ocurrido esta mañana, la anécdota del día y pronto nos olvidaremos.
Así es la vida. Todo viene y va, como el madero de Bergman.